domingo, 22 de enero de 2017

     Sea como fuere, la mayoría de las personas pasamos por este mundo sin pena ni gloria. Aquellos recuerdos que seamos capaces de proyectar quedarán extinguidos después de la cuarta o quinta generación de nuestros descendientes, salvo que seamos capaces de dejar algún tipo de herencia que pueda trascender más allá de nuestros hijos, nietos y bisnietos, algo que mantenga vivo nuestro nombre y un poquito más, y aquí es donde podemos hacer mención al objeto que nos ha hecho lanzarnos a las redes a muchos como yo: el hecho de haber escrito y publicado un libro. Pues sólo aquello que se empeñen los demás en hacerlo perdurar perdurará, nuestra simple voluntad no sirve de nada, siempre será necesaria la ayuda de otras muchas personas aunadas y decididas a concederte una pequeña estampación en la Historia.
 
     Jamás pensó don Miguel de Cervantes que su Quijote pudiera ser traducido a más de veinte idiomas y leído en el mundo entero por los siglos de los siglos. Alguien dijo una vez: “cuando ya te hayas ido de este mundo, volverás a estar entre los vivos cada vez que un ser humano mencione tu nombre”.

     Yo sigo insistiendo en el afán que tenemos las personas, en general, por hurgar en el pasado, y otra muestra de ello es la cantidad de gente que se dedica a reconstruir su árbol genealógico; es indudable que necesitamos conocer nuestras raíces para sentirnos más identificados. Toda persona precisa de una seña de identidad que le haga sentirse perfectamente integrado en la sociedad en la que vive. El problema siempre será la inmensa cantidad de vanos de información que asolan nuestro pasado.

     Mi hijo mayor me dice que él va a inventar una máquina para viajar en el tiempo o una especie de portal mágico para desplazarse a cualquier lugar, con permiso del tiempo, por supuesto. “¡Ojalá!”, le digo yo, “sería el mayor invento de la Historia, y tu nombre perduraría hasta el fin de los tiempos”.

     Me encantan las historias que tratan sobre viajes en el tiempo, algo realmente inconcebible. Yo puedo imaginar los posibles viajes en el tiempo de un modo muy particular: al futuro no se podría viajar, pues, como no ha sucedido, no existe, y jamás podrá haber un punto de destino. Al pasado tampoco se podría viajar, pues todo lo que sucedió lo hizo sin nuestra presencia, no estuvimos allí, y lo sucedido ya no se puede modificar, luego jamás podremos haber estado allí. El transcurso del tiempo deja la Historia inamovible. Así que sólo queda una opción, que sería la posibilidad de crear un aparato capaz de sincronizar con un determinado lapso de la Historia y, a través de un visor tridimensional, por ejemplo, observar lo que en ese momento sucedió, poder ver la realidad como si estuvieses allí mismo, pero sin haberte movido del presente. Sería fascinante. Nos llevaríamos cantidad de sorpresas; los libros de historia y las enciclopedias tendrían que ser drásticamente modificadas, y los dueños de muchos de los conceptos e inventos que han llegado hasta nosotros quedarían desposeídos de su autoría tras poder ser verificada de semejante modo la realidad de los hechos pasados. En fin, podría llegar a ser una verdadera locura, pero sería una locura maravillosa.

     A colación de todo esto que vengo comentando, he podido comprobar que, en lo concerniente a echar una mirada al pasado, hay personas que hablan de “comprobar la realidad” y otras de “comprobar la verdad”; ¿acaso son conceptos diferentes? Pues sí; son dos conceptos muy parecidos pero no llegan a ser lo mismo. Cuando miramos un hecho del pasado, se trata de conocer la realidad de lo que sucedió, tal cual, hasta el más ínfimo de los detalles. Luego, la verdad sería la percepción que cada uno pueda tener de ese hecho; es decir, la realidad de un hecho siempre ha de ser idéntica para todos los observadores, en cambio, la verdad que cada uno percibe puede ser distinta. Para hacernos una idea más aproximada, podríamos decir, siendo un poquito osados, que la realidad contiene tanto la verdad como la mentira. En “verdad” que resulta un poco complicado de entender, pues parece que estamos hablando de una misma cosa con dos nombres diferentes, pero ni los más sabios terminan de ponerse de acuerdo. En fin, podemos consolarnos asumiendo que la realidad y la verdad casi siempre resultan coincidentes. (Continuaré)

2 comentarios:

  1. Buenas.
    Un placer acompañarte por aquí siendo seguidores . Te leemos...
    Un abrazo.
    Samu.
    http://vivoentijyp.blogspot.com

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  2. Buenos días!

    A mí me parece muy bonito cómo hay personas que a través de sus libros, de sus filmes, de su arte, de su inteligencia o de su generosidad son capaces de 'traspasar' la barrera de la muerte, y conseguir que gente a la nunca conocieron y nunca conocerán se sienta identificado con ellos, inspirarles cariño, respeto o admiración.
    Además, me ha parecido muy interesante la distinción que has hecho entre verdad y realidad, y opino que cada persona siempre tiene una concepción distinta de lo que ocurrió, y que un solo hecho siempre estará formado por miles de verdades, pero que nunca nadie podrá saber 'la realidad'.

    En conclusión, que me ha gustado tu reflexión ;) Me parece muy bonita, y algo digno de reflexionar.

    Un saludo

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