miércoles, 11 de enero de 2017

     En cualquier caso, siempre ha habido personas (filósofos, matemáticos, alquímicos, astrónomos, escribas…, incluso trovadores) dedicados en cuerpo y alma a recabar información y conocimientos que han podido llegar hasta nosotros gracias a su, casi siempre, desinteresado esfuerzo. Y estos hombres, así como otros que a su vez valoraban la labor realizada por los primeros, tuvieron la gran idea de crear reductos para albergar sus escritos y tratados, como han sido y son las afamadas bibliotecas, lugares realmente inspiradores para cualquiera dispuesto a enriquecer sus conocimientos.

     Bien, pues esas casas para libros tan meritorias, que siempre invitan al estudio y a la lectura con su digna serenidad, no se libraron de sufrir los estragos oficiados por esos vencedores anteriormente mencionados, sino también los efectos de accidentes y catástrofes naturales. Por ejemplo, la biblioteca de Alejandría, quizá la más antigua, que llegó a albergar casi un millón de libros, sufrió diversas destrucciones que acabaron con una gran parte de la información que guardaba en sus anaqueles.

     Frecuentemente me pregunto, y, al igual que yo, imagino que muchísima gente, cuál es la realidad exacta de lo ocurrido en tal o cual episodio de nuestra historia, quién fue el verdadero protagonista o artífice, quienes sufrieron las consecuencias, si es que las hubo, en qué fecha sucedió realmente… Son incógnitas a las que se hace imposible asignar el valor que las corresponde, y eso termina creando un sentimiento de impotencia muy considerable, pues de existir un medio para poder resolverlas, también podría darse solución a muchas otras incógnitas del presente que están en estrecha relación con las pretéritas. Por ejemplo, el caso de las pirámides de Giza, a pesar de estar ahí y poder ser estudiadas in situ, no están nada claros muchos de los procedimientos utilizados en su construcción, incluso se cuestionan sus orígenes, dotándolos de cierto halo extraterrestre; sería fantástico poder mirar por un agujerito que te mostrase la realidad. ¡Podríamos alucinar!

     Pero no sólo hemos perdido ingentes cantidades de información con el paso de los años. A menudo dedico buenos ratos a pensar sobre todas las personas, los millones de personas, que han desaparecido, literalmente, a lo largo de nuestra existencia y hasta el momento actual. Y me refiero a desapariciones prematuras e incluso dramáticas. Cuánta tristeza y frustración padecida por familiares y allegados por desconocer el destino que ha tenido un ser querido, ya haya sido por guerra, catástrofe o accidente, y qué angustia tan grande para el desaparecido si ha sido consciente de su final y de que nadie llegaría en su ayuda. Es una pena, pues el pasado está repleto de sufrimiento por culpa de tantas pérdidas humanas. En cualquier caso, la experiencia demuestra que, aunque sea doloroso, siempre desearemos conocer cuál ha sido el destino real de cualquier vida que se haya perdido por el camino. Cualquier información perdida para la posteridad siempre atañerá tanto a los hechos como a las personas. (Continuaré)

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