domingo, 1 de enero de 2017

     Siempre me llamó la atención comprobar la cantidad de jóvenes que tomaban por costumbre la ardua tarea de escribir un diario. Infinidad de veces me planteé iniciar yo el mío, pero algo en mi interior me decía que las tareas del día a día no eran lo suficientemente emocionantes o significativas como para irlas plasmando sobre el papel, y dicho entretenimiento podía llegar a resultar excesivamente tedioso.


     Un día, de pronto, te arrepientes de no haberlo hecho cuando tratas de recordar ciertos acontecimientos de tu propio pasado: fechas, nombres, cosas que se dijeron…, en fin, recuerdos. Parte de tu propia vida que has ido olvidando paulatinamente de forma inevitable, y te reprochas no haber sido lo suficientemente escrupuloso en la conservación de tu propia historia cuando empiezas a ser consciente de que ya jamás lograrás recuperar esos momentos tan valiosos para ti. Eso sí, de vez en cuando aparece un familiar, un amigo o un antiguo vecino y te sorprende rememorando alguna pequeña anécdota que parecía perdida para siempre en el interior de tu mente, qué alegría te llevas, aun siendo un hecho de escasa importancia, pero que supone la recuperación de una pequeña porción de tu pasado.

     Cuando superé la adolescencia, comencé a sentir un curioso interés por el pasado, y, según he ido cumpliendo años, ese interés siempre ha ido en aumento (señal inequívoca de que uno se hace mayor y se van dejando muchas cosas atrás). Bastante gente opina que no hay que mirar atrás, sólo adelante y planificar bien el tiempo que te quede por vivir. Creo que uno puede mirar al futuro con la debida templanza cuando tiene suficientemente claro el pasado; tus orígenes y tu genética tienen mucho que ver con tu forma de ser y, por consiguiente, con el modo en que sueles afrontar los asuntos cotidianos y los que hayan de venir.

     En fin, a todos nos intriga el origen del ser humano, así como el de este mundo en que vivimos, el origen de nuestro linaje, las razones que propiciaron determinados sucesos, las decisiones que provocaron cambios cruciales en el curso de la Historia y un larguísimo etcétera. La historia de la humanidad está plagada de intrigas, que no pocos se obstinan en desvelar, pero las fuentes disponibles para lograrlo son bastante escasas y dudosamente fidedignas en demasiados de los casos. Cuanto más atrás se quiere ir en busca de la realidad, más complicado resulta, no sólo por la falta de medios de épocas pasadas sino por las destrucciones que han sufrido los escasos almacenes de información que pudieran haber existido e incluso por el propio analfabetismo de las gentes, entre otros aspectos, que anulaba la posibilidad de registrar de algún modo gráfico y metódico todos aquellos hechos de los que pudieran haber sido testigos.

     Hoy en día sucede todo lo contrario; continuamente chapoteamos en un exceso de información que, en no pocas ocasiones, termina produciendo una indeseable deformación de la realidad, pero bueno, como siempre se ha dicho, más vale que sobre a que falte.

     Volviendo la vista atrás, somos conscientes de que a la escasez de información tenemos que añadir, con mucho pesar, la adulteración de la ya existente. Todos sabemos, como siempre se ha dicho, que la Historia la escriben los vencedores, y es que nuestra historia está plagada de guerras. Por desgracia, en la mayoría de los casos, el vencedor se empeñaba en destruir la cultura del vencido para imponer la propia, y en esa destrucción infame la humanidad ha perdido una información valiosísima e irrecuperable que lastra enormemente el conocimiento de la realidad que nos precede. Es una dolorosa carga con la que tendremos que convivir. (Continuaré)

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