sábado, 25 de marzo de 2017



     El ser humano es increíble, excepcionalmente increíble; a pesar de ser conscientes de que tenemos el tiempo contado, nos afanamos, sin mostrar el más mínimo pudor, en adquirir y apilar todo tipo de bagaje, tanto moral como material, bagaje que se quedará ahí cuando ya no estemos, incluso que no le servirá a nadie, y todo ese esfuerzo y tiempo que hemos dedicado a engordar nuestro particular tesoro parecerá vano ante la facilidad con que alguien lo liquidará sin el menor escrúpulo.

     Yo estoy seguro de que este proceder recopilatorio, tan habitual en el ser humano, vuelve a ser el producto de esa “sana obsesión” que tenemos por dejar nuestra impronta a todos aquellos que vengan detrás; que alguien llegue a preguntar un día del lejano futuro quién hizo, o construyó o conservó o plasmó, esto o aquello, y que otro alguien aporte nuestro nombre como contestación.

     Aunque no lo exterioricemos, por norma general, todos deseamos ser recordados, y recordados por algo bueno, por pequeño que haya sido nuestro logro o nuestro hecho. Aunque no cabe duda, pues así lo demuestra la experiencia continuamente, que aquellos que más son mencionados son, precisamente, los que más daño han hecho al resto de la humanidad o a la propia Naturaleza.

     Hay un dicho por ahí que reza: “a tal persona le encanta que hablen de ella, aunque sea para mal”, y bien de veces que lo habremos escuchado. Pues, aunque en absoluto resulta ético o moral, es verídico. Pero bueno, somos muchos, y muchos por cada generación que va pasando, y en la “Honorable Lista de los Recordados”, no hay sitio para tanto nombre.

     Podemos estar seguros de que caminamos por la vida como cualquier otra persona, yendo siempre con prisas a todas partes, acelerados, esquivando vanos entretenimientos, quebrándonos la cabeza para encontrar el orden más idóneo que nos permita lograr concluir el mayor número de aquellas tareas que cada día te impones, o te imponen (compras, gestiones, reparaciones, llamadas telefónicas…), cuya resolución supone, por lo general, una inversión de tiempo, de nuestro preciado tiempo, superior al que realmente podemos dedicar;  y esto se repite semana tras semana. Te pasas los meses decidido a que el que comienza te cunda mucho más que el que se termina, y, cuando quieres darte cuenta, se ha pasado otro año más que deja al descubierto la triste evidencia de que el balance de asuntos zanjados y pendientes vuelve a decantarse del lado de los segundos.
     


     Pero, a pesar del poco tiempo de que disponemos, es increíble la cantidad de cosas que somos capaces de hacer, aunque sólo trasciendan para nuestro pequeño círculo familiar o social, que suele ser lo más habitual. No hay día que pase sin que digamos un buen número de veces “me falta tiempo para hacer tal o cual cosa”, “ahora no tengo tiempo para iniciar esto o aquello”, “el día de hoy no me da de sí para ir a tal o cual lugar”, “si el día tuviese un buen puñado más de horas…” o incluso “si no tuviese la necesidad de dormir…”, pero nada, es imposible; vivimos saturados con miles de pequeñas obligaciones, de las que, me atrevería a decir, el 50% nos las imponemos nosotros mismos sin una verdadera necesidad. Pero es que nos encanta vernos, y que nos vean, enormemente laboriosos y atareados. (Continuaré)

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